Te levantas, te vistes y te arreglas, desayunas y te vas. Como todos los días, coges el autobús y vas al instituto.
No son mucho más de las 8:30 y aún no ha llegado nadie. Van apareciendo buses, y entonces, entre toda aquella gente, lo ves, se te paraliza el corazón y de repente ves que pasa de largo.
Y van pasando las horas, y él sigue tan frío como cuando éramos completamente desconocidos. Llegó a ser tanta su frialdad hacia mí, que realmente llegué a preguntarme si alguna vez llegó a quererme.

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